CARTA (APÓCRIFA) AL DIRECTOR

Blog el rugido que no cesa nada que perder

Ayer recibí un mail de un lector de este blog.
En ella me decía que le había resultado casi “curiosa” la lectura de mi primer post. Enfatizó varias veces la elección de esa palabra para referirse a mi texto: “curiosa”.

Y aunque precisó que se sentía bastante distante de mi “agotador cuestionamiento” (de nuevo palabras suyas), no pudo evitar sentir la resonancia con una carta al director que escribió hace tiempo.
La había enviado a varios periódicos pero nunca fue publicada… algo a todas luces inexplicable para él.
La reproduzco tal y como me la envió.

“Mi Ciudad”

Es una ciudad normal, aunque esa palabra no me gusta mucho. Pero es así. Normal. Nada la distingue del resto. Ha crecido lo normal. Se ha desarrollado como otras. Tiene un pequeño centro histórico con algún resto de muralla sin demasiado interés arquitectónico. Tiene una calle con las tiendas que uno espera encontrar. Tiene supermercados y tiendas de alimentación llevadas por chinos que han viajado miles de kilómetros para proveernos de todo lo que podríamos necesitar un domingo por la tarde.

Hay gente que vive aquí desde siempre y no se plantea irse. Hay otros que juran que se irán y no volverán. Otros, entre los que me encuentro, hemos vuelto tras pasar por ciudades más grandes. Y lo hemos hecho, al menos yo, no por nostalgia, no porque mis padres estén mayores y necesiten más atención, no porque vaya a montar el negocio que siempre quise montar, no por reencontrarme con los amigos de siempre o porque ya no piense que en ciudades pequeñas se viven vidas pequeñas.

He vuelto, es un hecho. Es el único hecho.

En este tiempo la ciudad ha cambiado y no me refiero a la huelga de basuras, que conste.
Está claro que éste no es el olor que me ha de transportar a la infancia, pero la huelga pasará, todas pasan, ¿no? Consigan lo que pidan o no.

Mi ciudad ha cambiado.

No sus gentes, que siguen igual de grises y monótonas paseando por calles lentas y aburridas.
No es que las calles se hayan llenado de africanos vendiendo películas, eso pasa ya en todos sitios, ahora incluso aquí. No sé qué les ha traído, cómo pudieron pensar que aquí había negocio. Mis vecinos nunca me han parecido muy cinéfilos, no lo son, al cierre del cine de toda la vida me remito. Alguien me contó que lo va a comprar una cadena de gimnasios y que tendrá unas tarifas estupendas que pretendo aprovechar.

Hay cosas que han cambiado y me gustan.
Por ejemplo. En los coches, en las ventanillas, hay tarjetas que anuncian servicios a domicilio para los que antes había que desplazarse: brasileñas totalmente depiladas, dominicanas calientes, asiáticas guapas (me ha encantado la precisión y la agradezco). Son fotos reales, eso queda claro y escrito en la tarjeta, y por lo general no hay competencia desleal en los precios (en todos la hora cuesta 75 euros).

También me gusta el nuevo recinto que han construido. Biblioteca, piscina cubierta, auditorio de 1000 localidades y una sala más pequeña de 400 localidades. No sé por qué lo critican tanto. Está muy bien. Que si casi no tiene uso, que si la acústica no sé qué, la cosa es criticar. Como critican el F-16 que hay en la rotonda de la entrada. A mí me gusta. Estimula mi imaginación. Me dan ganas de volar, aunque su morro apunte al suelo.

Tardé un par de días en darme cuenta de lo que faltaba. Últimamente salgo por las noches a pasear. Me cuesta dormir. Se han escapado, o han soltado, animales del zoo. Un tucán ha decidido establecer su residencia provisional en mi balcón. Canta y canta y parece que estoy en medio de la puta selva tropical. Así que me lanzo a la calle. Las calles están más oscuras, es cierto. Sólo en la mía hay siete farolas estropeadas, las he contado.
La oscuridad puede hacerte tropezar con los adoquines sueltos o con las ramas de los árboles que se niegan a respetar la acotación de los alcorques. El parque se ha vaciado. Antes se llenaba de niños gritones que han desaparecido (es de agradecer, claro).

Ya nadie se besa a escondidas, fuma a escondidas, folla a escondidas, mira a escondidas, se toca a escondidas.

Ya nadie se ama en este parque. Ni queda aquí. Está bastante descuidado, asilvestrado. El viento ha roto ramas que amenazan a los valientes que aún se quieren besar, que aún quieren fumar, follar, mirar, tocarse. Los setos sin peluqueros parecen vagabundos enloquecidos que te pueden sacar un ojo con cualquiera de sus afiladas ramas. No es que no se pueda cruzar el parque pero hay un algo general que desanima. También faltan tapas de alcantarillas. En serio. ¿No me creen? Pues no hablo de una o de dos.

El otro día el suelo se tragó a un hombre que paseaba delante de mí.

Caminaba con mucha decisión a pesar de su edad y cayó con mucha decisión también. Me asomé. Grité varias veces. Por un segundo pensé que podría haber salido expulsado en otro sitio de la ciudad, quizás en el parque, lo que no garantizaba del todo su seguridad. Grité una vez más y como no obtuve respuesta, decidí que estaba en el parque sobre una mullida montaña de hojas. ¿Hice mal?

Ahora que lo pienso, tampoco me parecen cambios muy importantes. ¿Qué son unas ramas caídas? ¿Qué son unas alcantarillas sin tapa? ¿A cómo estará la tapa de alcantarilla en el mercado negro? ¿Qué son unas bolsas de basura tiradas por ahí? ¿Un poco de olor? ¿Algo pudriéndose bajo el sol? ¿Qué importa el olor a mierda? ¿Qué importa el olor a plástico quemado?
¿Acaso los incendios de las basuras no animan estas noches repentinamente oscuras?

H-

Mi ciudadSeguid atentos. Tenemos mucho que preguntar…

…y nada que perder.

 

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